El after del after

Advertencia: Lenguaje adulto.

Extraño el s3xo casual. Extraño ser un desconocido en un lugar desconocido y cruzar miradas —o simplemente presencia— con otro desconocido. No es sensualidad, ni siquiera asco, ni siquiera muerte. Es demasiado. Nadie está pensando en tanto. De hecho, nadie está pensando. Lo hago porque no me importa. No me importa. Yo no me importo. Él no me importa. El lugar no me importa. Nada me importa.

Bueno, sí, algo me importa: me importa que me acaben adentro una y otra y otra vez. Que pase el que sigue. Que no se conozcan, que se conozcan, porque al fin y al cabo todos somos los mismos ya, no haciendo nada. Y está bien, porque nadie siente nada, y acá estamos: los que no sentimos nada, pero sentimos todo. Sentimos tanto. Sentimos mucho. Sentimos demasiado.

Es el sótano del sótano, el after del after. Donde no da la luz porque a nadie le importa que haya luz. De hecho, molesta. Necesitamos silencio, menos estímulo… o todo el estímulo y toda la luz, pero nunca algo a medias.

Acá no hay palabras, solo música a todo volumen o gemidos, respiraciones que nos recuerdan que somos humanos. Una mirada, un par de gestos, un movimiento. Todo vale. Todo cuenta algo. Y ese algo no tiene trama: es simplemente algo que está pasando.

En el mejor de los casos, tal vez haya una lucha de egos: quién roba más miradas, quién está con el más lindo, quién tiene el mejor outfit. Pero en todos los casos alguien se va a llevar algo, y eso es lo maravilloso de este espacio: que es más democrático, más equitativo y más igualitario que todas las promesas que recibimos.

Ni siquiera vi una cara, solo una silueta. Me dejé llevar por el ancho de los hombros o por el reflejo de una tenue luz en la mejilla. Ojalá no tenga olor a nada. Ojalá no tenga aliento a nada. Ojalá no me lastime. Ojalá repitamos. Ojalá no me presione a que no me cuide, porque soy capaz de no cuidarme. Si a vos te llama la atención el morbo, a mí más.